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Votar es fácil con los ojos cerrados

Votar es fácil con los ojos cerrados

El próximo 25 de mayo se celebrarán las elecciones europeas, en las que podremos elegir a los cincuenta y cuatro eurodiputados españoles y, de forma indirecta, al presidente del Parlamento Europeo. Votar en estas elecciones puede ser una buena oportunidad de manifestar cuál es el camino que queremos que tome Europa, además de una tarea sencilla si tenemos en cuenta el esfuerzo físico que supone: basta con desplazarse hasta el colegio electoral correspondiente, escoger una de las papeletas e introducirla en la urna. Ejercer nuestro derecho a voto solo puede resultar un poco más complicado si queremos ser conscientes de qué es lo que estamos votando y cuáles serán las consecuencias de nuestra elección, aunque la realidad demuestra que el esfuerzo no solo merece la pena, sino que además es necesario.

Sin ir más lejos, en España, muchos de los votantes del Partido Popular se sorprendieron y se indignaron al darse cuenta de que la reforma de la ley del aborto se incluía, aunque tratada de manera muy imprecisa, en el programa electoral presentado para las elecciones generales de 2011. Muy probablemente, la mayoría de estos votantes indignados desconocían en su momento la propuesta de reformar la ley porque no habían leído siquiera el resumen del programa. Al descartar como motivo de nuestra elección la información proporcionada por el partido, únicamente podemos votar basándonos en la imagen e impresión que tengamos de los políticos, influidos por lo que nos digan familiares y amigos o por lo que escuchemos en radio y televisión.

Si nos dejamos guiar por lo que vemos y oímos en los medios de comunicación corremos el riesgo de votar por inercia a los partidos mayoritarios, que son los que gozan de mayor visibilidad mediática y disponen de más recursos para gastar en las campañas electorales. Es por ello por lo que los partidos políticos destinan elevadas cantidades de dinero a propaganda, publicidad y marketing durante las campañas electorales, conscientes del gran efecto que causan en los potenciales electores y de los montones de votos que pueden conseguir mediante una buena estrategia publicitaria. En este sentido, llama la atención que los partidos que han celebrado primarias abiertas para presentarse a las próximas elecciones europeas, como EquoPartido-X o Podemos, apenas hayan tenido repercusión mediática, mientras que aquellos que recurren al famoso ‘dedazo’ para elegir a sus candidatos son los que ocupan diariamente las portadas de los periódicos.

“Votar sin informarse es como cruzar la calle sin mirar”. Este fue el mensaje transmitido por el Jurado Nacional de Elecciones en Perú en una campaña para concienciar a la ciudadanía y pedir a los limeños que votaran responsablemente. Que un camión nos atropelle por votar a un partido cuyo programa electoral no hemos leído es bastante improbable, pero si no nos preocupamos ni nos esforzamos por informarnos sobre lo que votamos puede que acabe por arrollarnos el presente que estamos viviendo. Debemos ser conscientes de que votar sin estar bien informados puede ser tan improductivo (y, por qué no, contraproducente) como intentar montar un mueble sin consultar el manual de instrucciones, o tan peligroso como tomar un medicamento sin leer antes el prospecto. Ahora que disponemos de una herramienta tan útil como internet es sencillo saber un poco más acerca de las elecciones europeas y de cuál es nuestra situación respecto a otros países europeos, contrastar las diferentes alternativas políticas y elegir la que mejor se adecue a nuestras preferencias. No esperemos a que la información venga a nosotros, demos nosotros el paso hacia ella. En nuestras manos está la responsabilidad de elegir el rumbo que queremos para esta nave llamada Europa. La opción de lanzarnos por la borda ya quedó atrás. Ahora nos toca evitar que este barco continúe navegando a la deriva indefinidamente.

Bipartidismo

Entrada en El Periódico de Catalunya 

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¿Aborto para todas?

Como otros muchos temas, tales como la prostitución y la eutanasia, el aborto genera un debate constante y una polémica incendiaria cada vez que se intenta tomar cartas en el asunto. Frente a la delicadeza y, sobre todo, la importancia de dicho tema, la tarea de consultar a cada uno de los ciudadanos de forma previa antes de la adopción de cualquier decisión al respecto resulta de suma importancia. No se puede, de ninguna manera, imponer la opinión, siempre condicionada por una gama importante de factores, de unos cuantos sobre una sociedad entera, en principio, libre.

El aborto, como todas las demás cuestiones, debe ser tratado desde un punto de vista responsable, crítico, sin impregnarlo de ningún tipo de demagogia. ¿Puede una mujer abortar en cualquier momento?, ¿desde el primer mes hasta el noveno o el octavo? Una criatura ya formada ¿merece ser protegida aun sin haber nacido todavía? ¿A partir de cuándo se considera formada? Si no la protege la mujer, ¿puede y debe hacerlo el Estado?

Al grito de que “la mujer es quien decide sobre su propio cuerpo”, hay quienes hasta cierto punto legitiman el aborto en cualquier circunstancia; otros abordan el problema con matizaciones y rodeos, y finalmente los hay que de forma simple y contundente se posicionan en contra. El trabajo del Estado en este caso no es otro que encontrar el equilibrio, pero siempre de forma razonable. El debate debe ser mantenido con calma y sentido común, porque al fin y al cabo adoptar una decisión al respecto se impone por la propia magnitud del problema, su alcance y la sensibilidad que merece.

La hipocresía y la demagogia siempre han sido, son y seguirán siendo una constante en estos debates, en los cuales las opiniones en general públicas son diferentes de las mantenidas en privado. Debemos ser consecuentes si queremos que en la gestión de este asunto no impere ni una dictadura ni un descontrol. En este sentido, la razón debería ser el pilar del debate sobre el aborto, que no habría de plantearse de forma tan dicotómica –sí o no al aborto–, porque tal planteamiento corre el riesgo de ser demasiado simplista y no poder aportar ninguna solución realmente proporcional a la complejidad del problema. Los límites son consustanciales a todo derecho, pero quiénes deben fijarlos y cómo han de hacerlo se constituye, de repente, en el propio problema por resolver.

¿Y la polémica? A este ritmo, sin lugar a dudas, tenemos para rato.

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