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Sueños, deseos y compromisos

Guanyem Valencia

 

Xosé M. Souto González. Profesor de didáctica de las ciencias sociales en la Universitat de València y participante en Guanyem València.

Cuando las situaciones de vida más precarias desaparecen de las noticias o se vuelven tales convertidas en elementos dramáticos y espectaculares sospechamos que hay algo bajo la apariencia de normalidad. Sabemos que existen desigualdades sociales basadas en el dominio de unas pocas personas sobre una gran mayoría que vende su esfuerzo, su trabajo, por un escaso salario. E incluso intuimos que otras personas ni siquiera tienen derecho a un trabajo, ni a vivienda, ni pueden acceder a una buena alimentación y cultura. Sencillamente vagan como sombras invisibles en un mundo de apariencias.

En estos momentos, nos rebelamos o consentimos la dominación. Hace cuatro años, en un mes de mayo agitado por las emociones compartidas de la búsqueda de la dignidad perdida, se denunciaron injusticias que nos acosaban. Encontramos a otras personas que compartían con nosotros la rebelión contra un poder que se decía anónimo: los mercados. Y personificamos la ira y la rabia en sus mandarines políticos, esos que gobiernan para que otros manden. Pasada la inicial respuesta vivida y sentida, la mayoría se fue adaptando otra vez a la sumisión y obediencia ante lo irremediable: nada se podía cambiar. Cada uno era responsable de sus actos y habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, como se repetía una y otra vez desde las instituciones del poder político.

Sin embargo, en estos primeros meses de 2015 resurge la esperanza de poder cambiar la situación. Pero cambiar ¿qué? Se hace alusión a un sueño, al anhelo de una emancipación popular y de echar a los corruptos. Para que podamos mudar la situación de injusticias es preciso que seamos conscientes de los problemas cotidianos. Estos no se originan en los sueños ni en estados del inconsciente; son reales y nos acechan en forma de paro, de condiciones laborales precarias, de tener que pagar para disponer de un cuidado sanitario, de la ausencia de becas que compensen las desigualdades sociales, de vernos empujados a emigrar para buscar trabajo y derechos sociales fuera del lugar donde hemos nacido. Necesitamos mudar los sueños en deseos colectivos. Pensar sin miedo y con confianza en nuestros amigos, compañeras, vecinos. Y eso empieza por uno mismo en sociedad.

Empieza por organizarse en sociedad sin tabúes ni prejuicios, pero también denunciando a quienes manipulan para solo alcanzar el poder simbólico: el poder político-administrativo. Los deseos colectivos son algo más que juegos de palabras, por muy bonitas que sean las metáforas. Crecen desde el interior de los sentimientos y las reflexiones individuales y toman cuerpo en una ciudadanía compartida. Y ello supone romper con las barreras del individualismo, algo difícil de alcanzar cuando la comunicación se halla en un limbo espacial y no miramos a los ojos, sino a una pantalla publicitaria.

Los deseos colectivos se construyen desde la escucha de las voces de las emociones personales, que consiste en saber percibir las miradas de otras personas, los ecos de los problemas que surgen en los barrios, en los centros sanitarios, en las escuelas… Y para esto hay que conocer cómo funciona la sociedad y cómo viven las personas. Se trata de superar el sueño individual para alcanzar el compromiso ciudadano. La ciudadanía se basa en compartir derechos y deberes en una sociedad construida desde el diálogo y el debate. Supone saber convivir con los diferentes, con los que no tienen las mismas emociones, ideas y habilidades, pero comparten la dignidad de ser ciudadanos; personas con derechos y deberes.

Esta manera de enfocar la ciudadanía es la que han desarrollado algunas personas y colectivos desde aquel 15M y ya antes en otros movimientos asociativos, y, por qué no, algunos sindicatos y partidos. Movimientos sociales de distinta índole que permitieron alcanzar importantes cuotas de bienestar en la defensa de los derechos cívicos. Urge recuperar la organización colectiva para no sucumbir en la idealidad de la saturación de palabras, mensajes y otras jergas que se ocultan bajo las voces en las que hay negocio y emoción. Deslindar ambas no siempre es fácil en la sociedad actual. Mi experiencia en la construcción del movimiento político Guanyem-Volem de Valencia me anima a participar en foros como este para animar a otras personas a ofrecer sus puntos de vista sobre actuaciones semejantes.

No obstante, los foros sirven para eso: compartir ilusiones, proyectos. Después es preciso trabajar con constancia para que dichos proyectos se transformen en acciones emancipadoras. En primer lugar, para romper las cadenas de la invisibilidad de quienes viven ocultos en la espesa niebla de las noticias que no se publican. Después, en hacernos conscientes de los elementos que definen un espacio público, aquel donde los beneficios financieros quedan relegados a la consecución de un bien ético, que sepa definir las condiciones materiales de la comunidad social. Y eso se construye cara a cara. Tengo mis dudas de que con el botón de «Me gusta» se pueda elaborar una acción concreta que modifique la existencia de una persona y un colectivo. Porque cuando miramos a la cara a otra persona buscamos su complicidad en la comunicación, o bien la descartamos por ser contraria a nuestros intereses.

No quiero impugnar las ventajas de una comunicación telemática e instantánea, pero sí cuestionar las falacias de una democracia comunicativa que se ciñe a palabras frías en las pantallas de productos empresariales. Me agrada la comunicación sincera y honesta, esa que no se oculta bajo un nick o alias. Para ello es preciso participar políticamente en contacto con las personas allí donde están y sienten. Eso sí es una política nueva.

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Resignados y antisistema

“Si según vosotros vuestra época merece ser salvada, entonces mejor comenzad a nadar u os hundiréis como una piedra.” Bob Dylan, The Times They Are A-Changin’.

Últimamente parece que algunos políticos y medios de comunicación se empeñan en seguir utilizando el término antisistema, en general con un sentido peyorativo, para tratar de calificar a todos aquellos jóvenes que se muestran disconformes con el sistema en el que viven y a quienes se atribuye la autoría de la mayoría de los incidentes violentos ocurridos en las manifestaciones. Pero ¿por qué seguir recurriendo en estos casos al términoantisistema, que debería referirse a cualquier persona con una ideología contraria al orden sociopolítico establecido, y no utilizar otros adjetivos más apropiados como pirómano, violento o salvaje para definir a aquellos que queman contenedores en las calles?

Quizás esta asociación de ideas (antisistema = peligroso) no tenga otro objetivo que el de reprimir un pensamiento libre e independiente, oprimir el espíritu crítico y querer hacernos creer que este sistema es inamovible, inmutable y el único posible, y que, por tanto, todo aquel que se oponga a él e intente cambiarlo es violento y peligroso. Sin embargo, cuesta imaginar a una persona con convicciones morales que no pretenda mejorar el sistema del que forma parte si este no funciona o es insostenible. Como decía Salvador Allende, ser joven y no ser revolucionario es una contradicción casi hasta biológica.

En contraposición a los antisistema (nos referimos aquí a quienes buscan promover un cambio, sin connotaciones negativas) se encuentran los indignados resignados, para quienes la desafección política, generada sobre todo por la avalancha de casos de corrupción, se ha acabado convirtiendo en frustración, conformismo y escepticismo ante cualquier tipo de cambio. Este pensamiento general de que no se puede hacer nada por cambiar las cosas ha sido aprovechado por quienes están interesados en que todo siga igual, utilizando la incertidumbre que provoca lo desconocido para inducir el miedo a que cualquier tipo de cambio resulte un desastre o nos lleve a una situación mucho peor. Un ejemplo ilustrativo lo podemos encontrar en los políticos que se aferran a la Constitución como si se tratase de un libro sagrado que no se puede modificar (a menos que exista un interés mayor), cuando la historia nos ha enseñado que la evolución es imparable y nada permanece inalterable con el paso del tiempo.

Desde mayo de 2011 hasta ahora hemos visto como buena parte de la sociedad indignada ha convertido su resignación en activismo, participación e involucración en diversas plataformas políticas o movimientos ciudadanos. Si bien el 15M no produjo un cambio real a escala política, sí consiguió despertar nuevas conciencias, y mentalizó y convenció a toda una generación de que no podemos desentendernos de la política y de que es necesario intervenir si no queremos volver a cometer los mismos errores. Esta necesidad de reaccionar y organizarse ante una situación de crisis política, económica y social se ha visto materializada en la formación de nuevas organizaciones políticas creadas a partir de redes ciudadanas, como Podemos, Partido-X o, más recientemente, la iniciativa municipal Guanyem Barcelona.

Mutaciones, Proyecciones 15M
Ahora nos movemos sobre un punto de inflexión, para algunos una posible segunda transición, en el que la irrupción de la ciudadanía en la arena política genera un nuevo debate que virará no tanto en torno al eje de abscisas, donde siempre tendemos a situar a los partidos a la izquierda o a la derecha, como en el eje de ordenadas, donde se tendrá que medir la separación entre los de arriba y los de abajo, es decir, entre la clase política y los ciudadanos. Este aumento de participación, compromiso e implicación de la sociedad será necesario y fundamental, y deberá permanecer constante si queremos que derive en una verdadera regeneración democrática, una mayor transparencia en todas las instituciones y un mayor control por nuestra parte en la toma de decisiones importantes.

La sociedad española actual parece destinada a seguir dividida, ahora entre quienes intentan cambiar el sistema y quienes permanecen resignados al que hay. En estos últimos tiempos, hemos visto cómo la situación de crisis actual, la desorbitada tasa de desempleo y los continuos casos de corrupción han originado la apertura de la política a una ciudadanía cada vez más concienciada, implicada y participativa. De ahora en adelante, el compromiso, la perseverancia y el nivel de organización en las redes ciudadanas (en las que las nuevas tecnologías son de gran utilidad) serán los retos que tener en cuenta para que finalmente se consolide un verdadero cambio en el sistema democrático actual. Mientras tanto, habrá que esperar a ver si cada vez son más los indignados que convierten su resignación en compromiso e involucración, y no al revés. Pues, como dijo Albert Einstein, el mundo no será destruido por aquellos que hacen el mal, sino por aquellos que lo miran sin hacer nada. O dicho de otro modo, si uno no es parte de la solución, es parte del problema. Y para terminar, una última reflexión para los amantes del término antisistema: ¿no será que el sistema ya está cambiando debajo de sus pies y ustedes, sin ni siquiera darse cuenta, se han convertido en los verdaderos antisistema?

Ciudadano Normal

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Apatía social, un fenómeno sociológico actual en España

Actualmente existe en nuestra sociedad cierto rechazo e indiferencia hacia la clase política y la vida en torno a ella. Las causas de esta apatía son muchas y hacen que las instituciones pierdan credibilidad: la corrupción, las políticas restrictivas, la falta de cercanía respecto al ciudadano, las promesas incumplidas, la incompetencia y la baja formación de los políticos, la falta de empleos y oportunidades para todos, etc. Una larga lista de causas que hacen que los ciudadanos, cada vez más, se aíslen de la política, lo cual supone un peligro para el ejercicio de la democracia. Si los ciudadanos pierden el interés por la política, se corre el peligro de que a las instituciones lleguen políticos que tampoco se preocupan por los ciudadanos, y cuando estos no prestan atención a la política tampoco se interesan por los asuntos de la vida pública, es decir, por aquellos que les afectan directamente.

Parte de la sociedad actual vive en la indiferencia con una mentalidad conformista y pasiva, con lo cual se carece de una cultura de convivencia democrática y ciudadana. El hombre pretende vivir feliz en su burbuja individual evadiéndose del mundo social que le rodea, y esto hace que no profundice ni reflexione sobre los hechos y la información que recibe. El ciudadano apático elige el camino más cómodo porque no se molesta en informarse sobre lo que le rodea y no se preocupa por formar un criterio y, por ende, una ética y una conciencia. Nos encontramos, pues, en una sociedad pasiva, conformista, incrédula, inconmovible y absorta.

En los últimos años se han hecho públicas informaciones que deberían haber trastocado la estructura y los pilares de nuestro sistema, tanto político como económico y social. Pero parece que tantas revelaciones sobre casos de corrupción, robos e infracciones de leyes por parte de los políticos ya no causan reacción ninguna en la opinión pública. Como ejemplo tenemos las revelaciones hechas por Edward Snowden (ex trabajador de los servicios de inteligencia estadounidenses), confirmadas por los propios gobiernos, según las cuales todos nuestros movimientos mediante teléfono, internet y otras vías de comunicación son controlados y vigilados constantemente por el Gobierno estadounidense para sus propios intereses. De repente, la pesadilla del Gran Hermano de George Orwell (1984) se convierte en realidad, pero a nadie parece importarle. En España, la revelación de secretos de Estado tampoco produce ninguna respuesta por parte de la población, por terribles e impactantes que estos sean. Así, vemos que la información y la veracidad han perdido su relevancia, mientras que el «cuarto poder» necesita el interés de la opinión pública para ejercer de control de los otros tres poderes.

Esta apatía social proviene de la evolución de la sociedad por medio de la psicología de las masas, que ha configurado determinado estado mental en la población. El estado de apatía en el que nos vemos inmersos está relacionado con la presión del exceso de información a la que se ve sometida el ciudadano. La información que recibimos a diario sobre la vida política por los medios es rápidamente digerida y olvidada, y la mente se prepara para una nueva noticia que remplace la anterior, sin provocar respuesta en el ciudadano. Lo peor de todo es que las elites y las clases políticas se esforzarán para mantener este statu quo en la mente colectiva de la sociedad, ya que la apatía social las beneficia. La propia revelación de la verdad favorece estos mecanismos, por lo que el político o el banquero de turno puede mostrar públicamente toda su corrupción y maldad sin preocupaciones, porque sabe que las masas restan apáticas sin reacción alguna. La máxima respuesta de la ciudadanía ha sido ejercer el derecho de manifestación, lo que es insuficiente si queremos cambiar el sistema obsoleto en el que nos encontramos. Hacen falta acciones organizadas e impulsadas por la sociedad que vayan más allá de la simple libertad de expresión, y hay que evitar caer en la ambigüedad de movimientos como el 15M, sin una fijación de objetivos claros.

La corrupción en España se ha aposentado en la cotidianeidad, lo que hace que la sociedad la tolere, e incluso corremos el riesgo de que dentro de unos años se considere normal. Debemos cambiar esta situación, y es que hemos visto que, a lo largo de la historia, la participación de los ciudadanos ha sido el motor para encauzar cambios políticos, sociales, económicos y culturales. No debemos permitir que decidan por nosotros, se tiene que dejar de lado la apatía y la indiferencia por medio de la información, la educación y la participación; solo así podremos cambiar nuestra fatídica situación. En caso contrario, nuestra sociedad corre un grave riesgo, como muy bien expuso Albert Einstein en una de sus célebres citas: “El mundo no será destruido por aquellos que hacen el mal, sino por aquellos que los miran sin hacer nada”. Definitivamente, debemos reaccionar lo antes posible.

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Nuevas herramientas democráticas: Kuorum.org

El desarrollo de las nuevas tecnologías de información y comunicación exige a los estados adoptar, cada vez más, nuevos mecanismos de democracia más avanzados y participativos acordes con la sociedad digital que está naciendo en la red. Ya encontramos algunos ejemplos en el extranjero como la Constitución redactada mediante crowdsourcing en Islandia o la colaboración ciudadana en la elaboración de nuevas leyes mediante una plataforma wiki en Nueva Zelanda. En España también están surgiendo algunas aplicaciones para promover una mayor participación ciudadana, como es el caso de Kuorum.org, una nueva red social nacida con el fin de fomentar una democracia más participativa. Kuorum permite debatir sobre las votaciones del Parlamento y, cuando hay quórum (votos mínimos suficientes para tomar una decisión), enviar el resultado a los parlamentarios. Uno de los fundadores de Kuorum.org, nos explica en qué consiste esta plataforma y reflexiona sobre la necesidad de cambiar nuestro modelo democrático.

 ¿Qué es Kuorum y cuáles son sus objetivos?

Kuorum es una plataforma ciudadana con funcionalidad de red social, que tiene como objetivo hacer sostenible la actividad de mejorar la democracia y promover el cambio de nuestras instituciones hacia una democracia más participativa. Además, la web cuenta con cinco valores añadidos. En primer lugar, se busca informar sobre las leyes que se están debatiendo en el Parlamento antes de ser aprobadas. Asimismo, puedes participar y dejar tu voto, que será enviado a los parlamentarios para que tengan en cuenta la opinión pública, comentar y debatir con tus amigos y contrastar tu votación con la de los diputados, a los que se asignará un porcentaje de representatividad en función de esos resultados. En definitiva, el objetivo principal es conseguir que los ciudadanos muestren un mayor interés por la política y recuperen la ilusión por la democracia.

¿Conocéis otras plataformas similares fuera de España?

Nos sorprendió mucho que en países donde se puede pensar que una herramienta así podría ser menos necesaria, como en Suiza, donde existe una democracia muy participativa, sea precisamente donde están las webs más desarrolladas. Destacaría Popvox en Estados Unidos, porque tiene un concepto muy similar al nuestro, y Politnetz en Suiza, con la que compartimos I+D mediante el departamento de Diseño de Sistemas de la Universidad ETH de Zúrich. En España también hay iniciativas muy interesantes, pero en la mayoría de los casos están ligadas a partidos políticos (Compromís-eQuo, Partido-X), y nosotros queríamos cubrir la necesidad de la existencia de un espacio neutral. De hecho, el mismo partido eQuo ya ha contratado una cuenta Premium con nosotros a pesar de tener su iniciativa propia de democracia digital, y otros partidos ya han mostrado interés. Eso nos indica que estamos en el buen camino.

 ¿El hecho de que seamos tantos millones de personas en España puede suponer una limitación a la hora de organizarnos entre todos?

Este es uno de los típicos argumentos que dan los detractores de una democracia directa y participativa, pero que, en mi opinión, es un punto a favor de este modelo democrático. Una democracia representativa tiene sentido si un político representa, como por ejemplo en la democracia de la Grecia clásica, a unas trescientas personas, con las que puede encontrarse a lo largo del día. Pero es que, ahora mismo, en España cada parlamentario está representando a unos cien mil españoles. ¿No sería más lógico que, si somos muchos, tendamos hacia una democracia más participativa y menos representativa? Por otra parte, también se suele decir que no estamos preparados para participar en una democracia porque no estamos educados ni formados para ello. Este razonamiento no es bueno, porque podemos carecer de formación específica pero no de sentido común, como ilustraba Platón en el mito de la caverna. Podemos razonar y opinar sobre cualquier tema sin la necesidad de ser expertos en él. Lo que se necesita es estar bien informado, y si los políticos no nos quieren facilitar esta información la podemos conseguir por medio de otras fuentes expertas, a partir de las cuales formaremos una opinión propia. Las redes sociales pueden facilitar este ejercicio, ya que los grupos de amigos suelen ser heterogéneos. Seguro que muchas veces te has sentado con tus amigos a «arreglar el mundo» en un bar. Ahora, con Kuorum, estos debates quedarán patentes en asambleas privadas o públicas para que nuestras opiniones no caigan en saco roto.

El primer paso para que funcione una democracia directa y participativa es que la gente muestre más interés por las decisiones políticas. ¿Qué le dirías a toda la gente que piensa resignada que nada va a cambiar mediante su voto en Kuorum.org?

Este es un problema que surge a raíz de la sociedad líquida en la que vivimos y que espera ver cambios inmediatos. Por ejemplo, existe un estado de desánimo y frustración patente en muchos jóvenes que se desilusionaron muy rápido al ver que el Movimiento 15-M no produjo reformas inmediatas. Yo creo que sí cumplió con su función y sirvió como detonante al despertarnos a todos. Les diría que sí que va a haber un cambio, y que va a ser un proceso lento en el que cada uno debe aportar su granito de arena. En nuestro caso, vamos a contribuir contrastando todos  vuestros votos con los de cada uno de los diputados y nos ocuparemos de que tenga visibilidad en los medios.

 Mediante vuestra plataforma, ¿se podría, por ejemplo, realizar un referéndum virtual de autodeterminación de Cataluña?

Por supuesto, es muy sencillo. Cuando llegue el momento nos encantaría tener la herramienta preparada para ello. Como sabes, en Kuorum se votan exclusivamente iniciativas legislativas que se están debatiendo en el Parlamento, así que no sabemos cómo podríamos darle cabida a una consulta de este estilo, pero seguro que encontraríamos la manera de hacerlo. No nos queremos perder un acontecimiento tan importante para la democracia.

 En el hipotético caso de que se pudiese adoptar Kuorum al sistema democrático, ¿creéis que sería posible integrar un lector de DNI electrónico al sistema para asegurar la identificación de los ciudadanos?

Esto es lo último en lo que pensamos de momento. Kuorum solo es una plataforma para que la gente se mantenga informada sobre la actualidad política, participe y, a la vez, pueda medir la respuesta de los parlamentarios. Lo que pretendemos es despertar conciencias para que cada vez sea más gente la que pida un cambio institucional. Nosotros creemos que internet puede ser el detonante del cambio, pero el cambio no se va a producir en las redes. El cambio tiene que venir irremediablemente de las calles. Nos gusta pensar en Kuorum como una pintada en la pared. Ese arte urbano que resulta molesto para algunos e inspirador para otros, pero que no deja indiferente a nadie. Si llega el día en el que la sociedad española decide dar el paso hacia una democracia directa y online, seguramente será un buen momento para la alegre desaparición de Kuorum, porque entonces dejaría de hacer falta.

http://www.youtube.com/watch?v=fQDQO4VRpF8

Kuorum

 

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