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No soy racista, tengo un amigo negro

GRA100. MÁLAGA, 15/08/2016.- El actor galego de origen dominicano Will Shephard posa para Efe en la rotonda del Marques de Larios, tras denunciar discriminación racial en una caseta del Real de la Feria de Málaga. Shephard, conocido por su papel en la serie Mar de Plástico, ha denunciado que los porteros de una caseta de la feria de Málaga no le dejaron pasar a él y a varios allegados por ser latinos, y ha confiado en que la denuncia de esta discriminación racial sirva para concienciar a la sociedad. EFE/Carlos Díaz

El contenido del comunicado difundido por los responsables de la caseta acusada de discriminar al actor de origen dominicano Will Shephard -a raíz de la denuncia del propio actor por unos hechos ocurridos durante la feria de Málaga- es, por sí solo, motivo suficiente para reabrir un serio debate sobre el racismo en España y, sobre todo, sobre su normalización. Los responsables de la caseta parecen no entender cómo se puede tildar a su personal de racista si cumple con todos los maravillosos requisitos del manual básico antirracista de todo racista. Es decir, tener empleados o amigos que son parte de la comunidad de la persona presuntamente discriminada.

Todo el mundo está en su legítimo derecho de defenderse contra cualquier clase de acusaciones, pero los motivos esencialmente alegados por los responsables de la caseta -como razones de peso para contrarrestar dichas acusaciones- no son más que meras nimiedades. Y es, cuando menos, lamentable que sea así. Es más, los principales argumentos plasmados en dicho comunicado siguen las mismísimas pautas que la respuesta de Donald Trump a todos los que le acusan de machista: ¡cómo va a ser machista si tiene una mujer y una hija maravillosas e incluso ha colaborado con mujeres a lo largo de su carrera como empresario! ¡No tiene sentido! Pues sí, una cosa no tiene nada que ver con la otra.

El personal de la caseta puede ser perfectamente racista, por más que tuviera a su servicio a un millón y medio de empleados de distintos orígenes. Tener amigos o empleados de distintos orígenes no otorga patente de corso ni carta blanca para actuar y no ser tildado nunca de racista si uno resulta serlo. La historia, en este sentido, es inequívoca. Durante el colonialismo -en un país como Haití, por ejemplo-, los principales encargados de azotar a los esclavos negros para obligarlos a trabajar en condiciones inhumanas eran esclavos negros como ellos pero con una sutil y a la vez fundamental diferencia: habían sido nombrados jefes, y era su trabajo.

“No soy racista, tengo un amigo negro” y “soy racista y tengo un amigo negro”, además de parecerse fonéticamente, no dejan de ser lo mismo. Por cierto, Trump tampoco es racista porque en sus mítines veo negros y latinos. Y me asusto.

En todo caso, este artículo no sirve para corroborar la versión del actor, ya que esta labor recae de forma exclusiva en los tribunales, que son los primeros y últimos garantes de los derechos de todos los ciudadanos. Pero es obvio que refugiarse en la presunta diversidad de origen de los que trabajan para uno mismo para rechazar unas acusaciones de esta gravedad resulta, a estas alturas, totalmente incomprensible. Ni que estuviéramos a mediados del siglo pasado. Por lo tanto, es necesario abrir un debate sobre cómo, en España, el racismo se ha ido institucionalizando con el paso del tiempo y se ha normalizado con las prácticas del día a día.

Sin ir más lejos, sigue habiendo restaurantes y bares que, en función de los rasgos físicos del cliente, parecen estar legitimados para someterlo a todo un interrogatorio o pasarle lo que vendría a ser una suerte de test de solvencia antes de habilitarle una mesa. Ni que decir tiene que mi solidaridad con cualquiera que, de alguna forma, se sienta discriminado por su origen o sus rasgos físicos, es total. Urge denunciar estos casos por todos los medios posibles.

Hay quienes todavía intentan convencerme de que no hay realmente racismo en España, tal como se está pregonando, y de que se trata más bien de meras construcciones mentales e inseguridades personales de muchas personas. Si fuera cierto, la labor de organizaciones y asociaciones tales como SOS Racismo yMovimiento contra la Intolerancia, entre otros, no tendría la más mínima razón de ser. En todo caso, creo que bastaría, si fuera posible, con dejarles mi piel durante una semana para que pudieran luego hablar del tema con conocimiento de causa.

“No soy racista, tengo un amigo negro” y “soy racista y tengo un amigo negro”, además de parecerse fonéticamente, no dejan de ser lo mismo. Por cierto, Trump tampoco es racista, porque en sus mítines veo negros y latinos. Y me asusto.

Entrada en El Huffington Post

Violencia policial y justicia alternativa

Violiencia Policial

Los últimos acontecimientos de la pugna entre la policía y la comunidad negra en los Estados Unidos no hacen más que evidenciar las heridas abiertas de la sociedad estadounidense, además de su clara y triste incapacidad de pasar página en relación con las etapas más oscuras de su historia. La venganza personal, como medio de solución de los litigios, ha sido sustituida en las sociedades modernas por el monopolio de la violencia física por parte del Estado para resolver dichos conflictos y mantener la cohesión social. Un monopolio que peligra cuando determinadas comunidades no encuentran en los mecanismos estatales establecidos respuestas a las injusticias que sufren, y se encuentran abocadas a recurrir a la llamada justicia alternativa como el único medio con el que contrarrestar los atropellos y las barbaridades, por acción u omisión, de un Estado paradójicamente no garante. La frustración de no encontrar en el sistema estatal -que debería garantizar la libertad y la seguridad de los ciudadanos en condiciones de igualdad- respuestas a las recurrentes injusticias tiende a abrir el camino y cede el protagonismo a los medios más viles.

Los múltiples asesinatos y la posterior absolución de sus autores, junto con las claras dificultades para entender el criterio de los tribunales, no dignifican el sistema, cuando no lo perjudican o lo hacen peligrar gravemente. Es obvio que para garantizar la igualdad real y efectiva entre los ciudadanos las leyes no son más que meros parches que el tiempo acaba levantando con su solo transcurso: prohibir legalmente una conducta es insuficiente para cambiar la realidad social. Además de legislar contra determinados sinsentidos, es necesario fijarse en los valores promovidos en la sociedad e impulsar su cambio desde dentro: desde los hogares y desde las aulas, mediante planes de estudios inclusivos, de verdad. El plan de formación escolar tiene que reflejar los distintos colores y sensibilidades de la sociedad, y la Historia debe ser criticada vehementemente en sus puntos más oscuros. La Historia de ese país, como la de otros muchos, ha fallado en reconocer la dignidad humana como el primer límite del poder y la base de toda interacción social. El reconocimiento de las particularidades de cada comunidad dentro de una sociedad inclusiva y el hecho de no obviar la carga histórica que soportan constituyen, desde luego, una tarea imprescindible. Resulta curioso, pero sobre todo abrumador, que el mundo haya superado tantos grandes retos y experimentado no menos progresos y que sea aún incapaz de asumir las más sencillas y básicas reglas de convivencia. Parece ser todo, al fin y al cabo, una cuestión de intereses. Dicho de otro modo, ¿a quién le importa lo que le pasa a esta comunidad? Parafraseando a Martin Luther King Jr., la injusticia en una parte del mundo es injusticia en todas partes. Hay que clamar contra toda forma de injusticia dondequiera que se cometa desde dondequiera que nos encontremos.

La violencia desatada solo generará más violencia, y esta ola de violencia no se parará hasta que los ciudadanos de esta comunidad encuentren en los mecanismos estatales una respuesta a sus injusticias. El reciente asesinato de dos policías por un miembro de la comunidad negra, que se suicidó justo después de llevar a cabo el acto, se enmarca en esta llamada justicia alternativa: es un signo de desesperación y un extremo que hay que evitar; un acto igual de repugnante que la violencia policial contra esta comunidad. En este sentido, si bien la segregación ya no tiene cobertura legal, sí sigue presente en la práctica de instituciones como la policía, que en lugar de servir y proteger, lincha a determinados colectivos en condiciones cuando menos turbias. La comunidad negra, a través de sus impuestos y votos, financia a la máquina que la oprime. La opresión o el sentimiento de injusticia e impotencia llevan, a la larga, a problemas muy graves para la cohesión social, y la estabilidad política puede sucumbir a su peso. Parece que estamos caminando hacia un horizonte gris: aquel en el que el opresor no puede elegir la forma en que los oprimidos se defienden de sus injusticias, tal como dijo en su momento Nelson Mandela.

La sociedad estadounidense debe abordar con seriedad y madurez este tema, porque se trata de una situación que puede engrosar las filas de los que pelean fuera de la legalidad y apuestan por una justicia alternativa: la venganza personal. Sería un grave error de la sociedad en su conjunto. La disyuntiva es clara: o reformamos los valores de la sociedad y de las instituciones a través de una educación inclusiva, o corremos el riesgo de pagar el coste de una inestabilidad tanto social como política. Las sociedades están llamadas a madurar, condición sine qua non para su estabilidad presente y futura. Si la última opción tiene que ser el recurso a la justicia alternativa para este colectivo, entonces algo no habremos entendido: el precio de una justicia alternativa, mientras que lo pagamos todos, no beneficia a nadie. Urge a la justicia desempeñar su papel con el debido respeto por la igualdad de sus ciudadanos. El día en que la justicia estatal pierda toda su credibilidad o parezca ser exclusiva, la justicia alternativa se convertirá en una de las pocas opciones posibles. Y será lamentable, porque la sed de justicia acaba siempre por saciarse. Hay que reaccionar. No se trata de la lucha de una comunidad, sino de la de la humanidad: la justicia es patrimonio de todos.

Entrada en El Huffington Post