La esperanza de un gesto

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Muchos la tildan ya de foto histórica, de un símbolo gráfico de resistencia para la posteridad. Es posible que esta imagen, protagonizada por la activista sueca Tess Asplund, se instale en el repertorio de fotos icónicas y míticas que reflejan un momento concreto de la historia.

Tomada el uno de mayo en Suecia, esta imagen recoge el momento en que Asplund, armada de una sorprendente valentía, se planta frente a una manifestación de centenares de neonazis del partido Movimiento de Resistencia Nórdica (NRM) con el puño en alto y con el semblante rígido y convencido. El gesto de esta activista negra, que nos llena de admiración y sorpresa, nos golpea en la cara a modo de aviso ante un panorama político desalentador. Si el auge de partidos políticos de ultraderecha en la arena de la política activa europea ya nos situaba en un estado de emergencia reflexiva desde hace unos años, el ascenso de estos en los últimos meses debe despertar con mayor ahínco nuestra conciencia y posicionamiento ideológico. La crisis de los refugiados está marcando pautas de voto: un voto asustado ante lo desconocido y crédulo ante los discursos más extremistas. Y es que la llegada a Europa de miles de refugiados buscando la dignidad vital que todo ser humano merece nos muestra la cara más triste de la sociedad del miedo al otro. Es siempre la misma historia: la de la colonización, la de los crímenes racistas o la de las vallas fronterizas. La historia del miedo ante lo desconocido que todo lo justifica. La historia de la alteridad,  de un “otro” construido socialmente en negativo. Es en base a esa construcción del “otro” extraño, lejano, nocivo y primitivo, con la que se llenan de contenido los discursos de odio, se alimentan los estereotipos raciales que anidan en el imaginario colectivo y se legitiman las políticas restrictivas en materia de inmigración. Y parece que cala el discurso del “otro malvado”, cala con profundidad en quienes, ávidos de una explicación a los problemas sociales, son incapaces de encontrar responsables políticos aceptando un argumento que les da rienda suelta para redirigir injustamente su ira.

La escena protagonizada por Asplund nos azota de nuevo, como nos azotó la imagen de la reportera húngara agrediendo a los refugiados hace unos meses en Röszke, aunque en este caso mostrándonos la cara más cruda de la intolerancia. La foto de Asplund nos azota y nos alienta, porque además de despertarnos nos recuerda que hay quien no quiere callar. Si bien es cierto que Asplund ha reconocido que se replantea si debería haber hecho lo que hizo por miedo a las represalias, lo cierto es que su gesto nos enorgullece y nos recuerda que callar es posicionarse y que mirar hacia otro lado es de cobardes. El activismo es un posicionamiento valiente, y valiente es quien obra libre y satisfecho en la defensa de sus principios. Asplund nos muestra que quizá no somos una generación tan perdida y podemos hacer algo tan solo con un gesto, tal vez con unas palabras. Porque hablar es mejor que callar. Porque callar permite a 300 neonazis manifestarse libremente en plena calle. O peor aún, callar puede situar a los partidos de ultraderecha al frente de las instituciones.

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