La guerra contra las mujeres: romper el silencio

La guerra contra las mujeres

«Me violaron tres hombres. Cuando acabaron, cerraron la puerta y se fueron». Así comienza el impactante y desgarrador documental La guerra contra las mujeres, de Hernán Zin, que denuncia las violaciones sistemáticas en países como la República Democrática del Congo, donde la violencia sexual se usa como arma de guerra y los cuerpos de las mujeres se convierten en el campo de batalla de los hombres. El documental, proyectado el 4 de diciembre en la sede del Parlamento Europeo en Barcelona para conmemorar el Premio Sájarov 2014, otorgado al ginecólogo congoleño Denis Mukwege, cuenta con testimonios de mujeres que han sido víctimas de violaciones en distintos conflictos bélicos, como los de Serbia, Uganda o Ruanda, y que han tenido que sufrir en silencio los horrores, desprecios y abusos que, en la mayoría de los casos, han quedado impunes e ignorados por la comunidad internacional.

«Esta cultura de la impunidad contribuye a fomentar el machismo en estos países y a incrementar el número de violaciones, que ya no son solo producidas por soldados», comentaba Bru Rovira, periodista y corresponsal de guerra, en el debate que tuvo lugar después de la proyección, en el que participaron asimismo el también periodista Ramón Lobo, Sergio Martín, de Médicos Sin Fronteras, y Sergio Carmona, productor del documental. Este último afirmó que durante el rodaje comprendió el verdadero significado de la palabra resiliencia, ilustrado, por ejemplo, en el caso de Florence, una joven víctima de abusos sexuales en Uganda que tiene que sufrir en silencio el daño causado por la indiferencia de su comunidad. No en vano «las mujeres son violadas para humillar y aterrorizar a toda la comunidad. La peor consecuencia es psicológica porque, dentro de la cultura congoleña, ser víctima de una violación supone una vergüenza familiar», sostiene la activista Rose Mutombo, presidenta del Cuadro Permanente de Concertación de la Mujer Congoleña. Para terminar con esta permisividad generalizada es necesario dar voz a dichas mujeres para que puedan denunciar sus historias, condenar a los culpables y ser reconocidas como víctimas por la sociedad.

Según un estudio del American Journal of Public Health publicado en 2011, la República Democrática del Congo es el país donde más violaciones se registran, 48 cada hora, lo que llevó a The New York Times a retratarlo como «el peor lugar de la Tierra para ser mujer». Dadas las circunstancias, toda ayuda, por mínima que parezca, es más necesaria y urgente que nunca, empezando por la concienciación humanitaria. Por ejemplo, la activista congoleña Caddy Adzuba está recogiendo firmas para pedir a la comunidad internacional que se cumpla la resolución aprobada por las Naciones Unidas en el año 2000 que insta a la protección de niñas y mujeres en los conflictos armados. Sin olvidar la importancia de las labores humanitarias desempeñadas por organizaciones como Médicos Sin Fronteras y por profesionales como el galardonado doctor Mukwege, que ha dedicado toda su vida a tratar los daños patológicos y psicosociales causados por la violencia sexual para que las mujeres puedan reinsertarse en la sociedad y las niñas vuelvan a las escuelas.

Las escalofriantes cifras que aparecen a lo largo del documental resultan demoledoras: 40 000 mujeres violadas durante el conflicto de Bosnia, 200 000 en el Congo y casi 500 000 en Ruanda. Detrás de estos números, seguramente todavía más elevados debido al silencio impuesto tras las agresiones, es importante rescatar las historias que permanecen escondidas e ignoradas por los grandes medios de comunicación para dar voz a las víctimas de una violencia discretamente aceptada, como reivindicaba Lobo al término del coloquio. Si queremos romper este silencio e impedir que historias como la de Florence, entre otras muchas, caigan en el olvido, se necesitan más documentales como La guerra contra las mujeres y periodistas como Bru Rovira y Ramón Lobo, que puedan contar las verdades incómodas que muchos no quieren ver y dar visibilidad a lo que otros tantos no quieren que salga a la luz.

«Yo tengo que morir y una parte de mí seguirá navegando.»
César debe morir (B.S.O. La guerra contra las mujeres) – Bebe.

Entrada en El Huffington Post

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