Invasión a la inversa

Las recientes noticias acerca de los numerosos saltos e intentos de saltos de las vallas de Ceuta y Melilla por parte de centenares de inmigrantes subsaharianos, considerados por muchos una auténtica invasión, no han tardado en detonar toda clase de reacciones respecto a las nefastas consecuencias de una inmigración incontrolada y a la imperiosa necesidad de una mayor protección de las fronteras españolas y, por ende, europeas. El debate, además, gira en torno al respeto por la dignidad de las personas que llevan a cabo estos actos, que no hacen sino ilustrar una realidad de privaciones casi absolutas habida cuenta del contexto en que tienen lugar. Con todo, si hay algún punto sobre el que –por suerte o por desgracia– no existen discrepancias, se encuentra en el hecho de que estos saltos suponen aún más gastos para el Estado español, de lo que se infiere que hay que establecer todos los mecanismos posibles para contrarrestarlos.

Para comprender esta situación, la historia es básica y, a la vez, clave. Dicho en otros términos, la historia por sí sola nos puede proporcionar datos suficientes para entender el porqué de estos saltos tan arriesgados. Esta inmigración desesperada no tiene mejor explicación que el rigor mismo del colonialismo de las grandes potencias europeas, de la esclavitud que han establecido en muchos territorios durante siglos. En efecto, España sola tuvo más de dieciocho colonias en América; mientras, otras potencias como Francia, el Reino Unido, Alemania, Portugal e Italia se repartieron el continente africano y explotaron a ultranza tanto a las personas que vivían en esos territorios como sus recursos naturales, con los cuales se enriquecieron a expensas del correspondiente empobrecimiento extremo de esas tierras y de sus habitantes. Una situación que ha durado en África hasta fechas muy recientes, si tenemos en cuenta que para datar la descolonización del continente se toma como referencia el año 1960. A ello hay que añadir que las relaciones mantenidas por estas potencias con sus antiguas colonias, después de su independencia, siempre han estado marcadas por la dominación y la explotación, bases del comúnmente llamado neocolonialismo. En definitiva: la invasión a la que se enfrenta España en la actualidad no tiene cara de desconocida.

Por otra parte, el móvil de estos actos desesperados se explica sincera y ampliamente por sí mismo. No en vano los europeos, cuando vivieron situaciones de extrema pobreza y de miseria en Europa en los siglos pasados, arriesgaron la vida en alta mar en busca de oportunidades, lejos de sus fronteras; es así como la historia, en su curiosa faceta de un eterno volver a empezar, nos permite entender la situación actual. Ni que decir tiene que carece de sentido toda intervención respecto a estos últimos acontecimientos que, para explicarlos, obvie la gravedad de las consecuencias del colonialismo y la intensidad de las considerables injusticias de la esclavitud, que son lo que concretamente está pasando factura. Y es que si bien España, como toda nación soberana, debe y tiene el derecho a tomar todas las medidas necesarias para proteger sus fronteras, también está obligada a hacerlo de modo que se garanticen la legalidad y el respeto, especialmente en materia de derechos humanos.

Por todo ello, consideraciones económicas aparte, una mínima coherencia nos debería llevar a reconocer la existencia de un deber moral hacia estos colectivos durante siglos sobrexplotados, privados por la fuerza de todos sus recursos. Porque, independientemente de su situación, estas personas nunca han dejado de ser dignas, y por tanto no deberían, bajo ningún concepto, ser discriminadas. Además, tanto la historia como la actualidad de la emigración de muchos españoles durante estos años de crisis deberían recordarnos que todos somos potenciales inmigrantes. Y si de una invasión se tratara, la historia nos dificultaría calificarla de invasión a secas: se trataría, en todo caso, de una invasión a la inversa.

Entrada en El Periódico de Catalunya

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